La estación de Retiro, pleno Centro de la ciudad de Buenos Aires, atestada de transeúntes que planeaban un gran escape hacia un supuesto e ilusorio destino de relajación.
Algunos convocados por la ruptura de una rutina insoportable, otros ansiosos por beberse el último soplo de placer unido al verano con sol y especialmente a un descanso laboral al que suponemos una y otra vez cierto merecimiento. Pues esto es lo que decía Jorge: Me lo tengo merecido… trabaje todo el año, mientras arrastraba una maltrecha valija con rueditas que con gusto le había prestado su tía en una última visita a San Antonio de Padùa.
Jorge era un tipo de esos que uno se encuentra en la calle y no le supone “gracia”, de estos cuya camisa no posee color definido y sus zapatos desgastados nunca combinarían con su saco.
La curiosidad estaba apagada, aquellos años de secundaria habían culpabilizado sus intentos de escape imaginario perdido en algún póster, o bien ese lápiz que podía comenzar un trazo y no agotarse nunca.
Jorge rápidamente obedecía ciertas demandas supuestas donde cubría la soberbia de creerse necesitado… así pues se había quedado sin color.
Allí en aquella estación roñosa, Jorge, solo, esperaba el micro, ese viaje lo llevaría a la costa más económica que había encontrado, a un hotelucho de mala muerte que Sebastián le había señalado puntualmente por la justeza de su presupuesto.
Sentado en el anden, visitaba con su mirada un alrededor con la intención de matar el tiempo, no porque algo lo atrajera… a Jorge, casi nunca le atraía nada… todo era un cúmulo de segunderos y listas de supermercado… ni siquiera las mujeres habían calado algo en ese cuerpo casi sin brillo.
En su mirada marcadamente antituristica, de pronto el reloj marcaba las 15 hs de ese viernes caluroso… y Jorge recibió una revelación, el pelo ondulado de aquella muchacha lo había impactado, ella se lo masajeaba todo el tiempo y su espalda que a Jorge le era muy grata…sostenía una mochila donde notoriamente faltaba el tiempo de preparación… Nora, sostenía con una mano un malboro que pitaba casi desesperadamente, su cuello apoyado sobre su hombro sostenía el tubo de aquel teléfono público que parecía haberla atrapado por completo.
Porque me decís eso ahora? … Nora no podía disimular las lagrimas que se vertían sobre sus ojos, extremadamente fríos y casi desolados.
Porque me decís eso ahora?... . Era casi una obviedad que Nora no podría ver como Jorge la miraba, no era capaz de verlo… la descolorida camisa de aquellos hombres “grises” como ella los llamaban no tenían absolutamente ninguna oportunidad de ser objeto de su mirada, reina pagana de los entuertos que se arman en las tardes de siesta, lectora insufrible de novelas baratas, …definitivamente … Nora nunca vería a Jorge.
Porque me decís eso ahora? …y la mirada obnubilada sobre ese pelo que no dejaba de moverse, que lo atrapaba en una sensualidad desconocida, Jorge no quería siquiera pestañar con el deseo de no perder ni un segundo de su mirada en aquello que finalmente pareció marcar algo diferente… El reloj parecía haberse detenido en las 15 hs con una puntualidad certera.
Jorge comenzó a torturarse… sus preguntas no cesaban y su mente se había convertido en una mezcla de señales tórridas, no podía decidir y debía hacerlo rápido, el reloj comenzaría a funcionar en algún momento, esto lo apuraba y el pelo de Nora lo hacía aún mas.
Luego de una rumia que lograba normalmente enloquecerlo, Jorge toma por primera vez la decisión de imaginar nuevamente un escape… tomaría a Nora del brazo y la subiría al primer tren que pasara… pero como podría asegurarle que su idea no era atacarla, como lucharía con el instinto defensivo de Nora? Que opondría toda su resistencia para lograr salir airosa de semejante locura. No, esa idea era demasiado descabellada.
Porque me decís eso ahora? Nora… no entendía la calidad de herida que las palabras pueden producir cuando son impuntuales, dejándolo a uno con una sensación de extrema desorientación, donde la pregunta insistente era ¿Por qué? … la impuntualidad de Marcos era para Nora una sorpresa inaudita… justo ahora?? Porque no antes, porque no después? , justo ahora??? Llegaban impuntuales las palabras de Marcos? Nora realmente no entendía.
Mientras tanto Jorge, elucrubaba su plan. Como podía llevarse a Nora de allí, era más que obvio que estaba angustiada y el solo quería protegerla, era obvio que ella estaba vulnerable y el podría ser quien la abrazara con fuerza, era obvio que Nora no había podido saber cuanto en realidad valía, era una obviedad que no la amarían como Jorge la amaba en esas puntuales 15, era obvio que ella lo había estado esperando sin saberlo y mucho más obvio que el destino los había cruzado exactamente a las 15 hs para verlos finalmente encontrarse, con aquella puntualidad del amor que los mortales le asignan.
Jorge comienza a acercarse, su imaginación brotaba de todo su ser, Nora incorpora la figura de Jorge en su campo visual pero sin hacer diferencia alguna entre este y otro transeúnte, hasta que nota que una cercanía imprevista de aquel hombre de camisa descolorida.
Porque me decís eso ahora? seguía repitiendo Nora, cuando siente la fuerza del brazo de aquel desconocido que le saca el tubo en el teléfono público cortando la llamada.
Nora no pudo sacar sus ojos de aquellos ojos, pero de un momento a otro podía entenderlo todo, habían dado las 15 hs … hora de sus tardes de siesta, hora de su porción dulce de lemon pie, hora de aquella frazadita que protegía sus sueños. Este hombre la había trasportado en su mirada a aquel recuerdo aniñado que Nora había olvidado… inundando la estación Nora se observo bella, se miro dulce, se baño en destellos de fragilidad … no había de quien defenderse, su mochila cayó en el piso.
Y como dos fantasmas angelados Jorge y Nora tomaron el tren de las 15.
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