El polo norte era un buen destino, no habìa demasiada vida allì y podrìa estar solo como le gustaba, se habìa dado cuenta que la vida de ciudad, la vida de reglas y convenciones, no eran para èl nada màs que simples barreras que hasta ahora no se habìa animado a pasar.Su unica preocupaciòn era como obtendrìa comida, pensò en la pesca pero allì casi todo era hielo, pensò en la seguridad porque los osos polares siempre le habìan dado miedo màs cuando los veìa erguidos en algùn documental de cable, pensò en la vivienda porque nada resistìa la interperie, los frios y los vientos de aquel inospito lugar que se le hacìa a èl tan càlido y acogedor.
En su cuarto de pensiòn guardaba algunos libros, la vida esquimal siempre le habìa causado mucha curiosidad, se decìa a èl mismo que alguien que pudiera aguantar tanto frio estaba preparado para hacerle frente a la muerte, si se le cumplìa la fantasìa de que uno podìa verla, sentirla y hasta palparla... Uno de esos libros, habìa estado archivado desde que su padre se lo habìa regalado en aquella navidad, mientras los copos de nieve de telgopor inventados, caìan de aquel pino que improvisaban en el fondo de su casa.
Leopoldo era un amante de la lectura, podìa pasar horas sobrevolando ciudades, historias, cuentos y comics... mientras el agua del tè se evaporaba antes de que èl recordara que la habìa puesto sobre el fuego. Desde allì tambien tomaba su tè frio, armado con un pobre saquito que pasaba de una taza a la otra, haciendo una economìa de aquello que no le era necesario.
Polo norte... podrìa haber sido polo sur, pero èl, vaya uno a saber porque creìa que en el norte se estaba màs cerca del sol y que si algo le pasaba serìa màs fàcil encontrarlo, asì que se dirigiò hacia allà.
El viaje le producìa una adrenalina mezcla de terror que lo seducìa, no habrìa màs reglas para èl, ni tampoco escenarios que le mostraran el camino hacìa la cama cuando Leopoldo padecìa tanto de insomnio, no deberìa preocuparse por confiar en nadie, ni por ser galante con las mujeres que no conocerìa, estarìa finalmente solo... solo, màs cerca de la muerte en su conocimiento...la misma que tanto le aterraba. Nadie entendìa el motivo real de su viaje y Leopoldo a sabiendas de ese poco entendimiento se habìa aburrido de intentar dar algunas explicaciones, con lo cual dejò cartas para sus amigos, su familia y se fue.
Libro bajo el brazo, intentò seguir con sus pisadas el inicio de lo que el llamaba la esquimalidad... una mezcla de equidad y animal que se le armaba en la cabeza vaya uno a desde cuando... serìa igual a todo, al hielo, al viento, al frio, a la intemperie y nada jamàs volverìa a torturarlo como hasta ese entonces. Principalmente aquello que èl habìa decidido dejar de lado, su humanidad. Construyò una especie de guarida soplando y uniendo el hielo, habìa llevado algunas frazadas y su pava con un par de saquitos que habìa juntado de las tazas anteriores.
Una mañana se acordò de su equipo de futbol y de aquel domingo donde se quedò afònico gritando aquel gol que los habìa llevado al ascenso, recordò los labios de Matìas aquel al que habìa besado unos dìas antes de su partida, eran tan carnosos como la carne que ponìan al asador cada vez que los jugadores salìan a la cancha.
Leopoldo pasò tres años en el Polo, ocupàndose de que no se desarmara aquel iglù que guiado por las fotos habìa logrado construir, su soledad era tan concurrida, dirìa Girondo, con una compañia que se le hacìa màs frìa cada vez. Las hojas de sus libros estaban corroidas de pasarles la mano una y otra vez, sus ojos tambien estaban cansados... ya no tenìa nada que mirar que no se hiciera igual a todo... Leopoldo se empezò a angustiar... dejò de reconocer si todavìa seguìa vivo en aquel manto blanco que lo cubrìa, empezò a tener miedo, miedo a que nadie pudiera haberlo llorado en una supueste muerte, y solo como todo lo que habìa hecho hacìa tres años, lagrimeò.
Ya no podìa escapar... lo habìa descubierto...no podìa dejar de sentir miedo aunque la soledad se le hiciera dulce protectora, los primeros tiempos se habìan hecho entretenidos mientras se acostumbraba a su nueva dieta y su nuevo estado esquimal... pero finalmente habìa sentido al oso polar màs grande, su propio miedo que lo acosaba en aquella tarde de quien sabe cuando, miedo a su propia humanidad, verse en la intemperie descubierto, gritando sin oidos que pudieran responder su llamado.
¿Como podrìa darse cuenta de su propia muerte o de su propia vida, si no habìa alguien que estuviera allì para significarlo?... llorò tanto que sus làgrimas se le hicieron las rejas de la càrcel que aprisionaban su rostro. Decidiò correr... correr lo màs que pudiera para sentir el calor de su cuerpo, eso le demostrarìa que no estaba muerto... y allì se lanzò en una carrera de largada imaginaria que durò algunas horas... no supo donde llegò pero si que transpiraba...
Leopoldo aùn vivìa.
La equidad animal, esa paridad fantasiosa a la nada misma se le habìa hecho guillotina, habìa cortado sus venas y el no habìa podido ya ver su sangre, se encontrò tan igual... que huyò con el ùltimo sorbo de aliento que le calentaba su respiraciòn. Aùn.
Las reglas, los horarios, las personas se habìan helado frente a èl sin que Leopoldo pudiera hacer nada, pero volviò... volviò de aquel sueño que se habìa convertido en pesadilla, cuando la pava que le habìa comprado Luciana para que no se evaporara el agua de su tè, comenzò a silvar.
martes, 9 de septiembre de 2008
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