Salta era un lugar que Alejandra siempre quizo conocer, un viaje que se habìa frustrado en otro tiempo, la habìa dejado con un gusto de pendiente en su boca.
Esta no serìa mejor ocasión se dijo asi misma, luego de la confirmaciòn de una idea que siempre le rondaba en la cabeza y que sin embargo no habìa nunca llegado a creer… Nadie muere de amor.
Alejandra, tomo ese cafè con gran esfuerzo, Luis que habìa llorado durante horas aquel dìa en el que ella le dijo que no podìa darle lo que èl querìa, se habìa recuperado prontamente, màs pronto de lo que ella tenìa en sus càlculos y habìa decidido también informarla.
Ella se desilusionò al igual que sintiò esa herida, que tantas veces habìa escuchado… “Entonces que signifique yo para èl?... no demasiado”.
Camino unas cuadras por Av. Scalabrini Ortiz intentando convencerse de la idea de que asì debìa ser, por el bien de ambos.
Alejandra pasò unos dìas llorando su desilusión y con el convencimiento de que a pesar de todo su decisión inicial estaba acertada, la duda se le harìa carne tiempo después pero ella aùn no lo sabìa.
Debìa abordar el micro, salìa retrasado, Alejandra estaba con una unica expectativa resumida en algunas palabras: no encontrar nada. Y con esa idea se tapo con la frazada de viaje mientras intentaba encontrar los auriculares que la conectaban a un cd de Pink Floyd que elegìa cada vez que necesitaba conocer sus emociones.
El hotel que Alejandra habìa elegido era por demàs càlido y solitario, la gente no era demasiado cordial asi que no tuvo que aferrarse a los modales de cortesía que tanto la incomodaban. De repente algo la despertò de una profunda siesta, no estaba claro si era el cambio del clima que por la noche se tornaba distinto o el profundo dolor de cabeza que casi nunca la abandonaba.
Casì con el apuro que todavía le era citadino y cotidiano, Alejandra bajò las escaleras en busca de una aspirina, que finalmente encontrò en la barra de un bar que ni siquiera habìa percibido.
Que hace una chica de tu edad en este lugar? , le dijo Matìas…Alejandra levantò la vista y lo mirò. Se sintiò descubierta.
Aquella noche Matias descubriò su perfume, Alejandra adoraba los perfumes dulces y ese Kenzo era irresistible. Charlaron por horas. Todo lo que tomò aquella noche Alejandra, se registrò en el nùmero 43, habitación que tenìa reservada por 10 dìas.
Los dìas se sucedieron en actividades, y por la noche Matìas y ella se contaban cosas como si se hubieran conocido hace años y estuvieran poniendose al dìa.
Matias hablaba de haberse bajado de la cornisa, transitaba por un largo cordòn de vereda como si de repente lo hubiera abandonado el desafìo para irse a otro punto cardinal, su vida se habìa vuelto gris y hacìa rato que no se sentìa pleno. Alejandra lo mirò casi con desconfianza, Matias se le hacìa atractivo, inteligente y lleno de colores. Alejandra se preguntò que habìa pasado para que el se destiñera tanto ante sus ojos.
La cuenta de la habitación 43 cada vez subìa màs, proporcionalmente a las horas de charla que Matias y Alejandra mantenìan, se preguntaban sobre el tiempo, siendo este un enemigo fatal por aquellos momentos, ambos habìan querido detenerlo pero en algunos casos el costo habìa sido de lo màs alto.
Matias, hacìa un trabajo que no le gustaba nada, Alejandra perseguìa los sueños estirando solo la mano, Matias sentìa el gris de su camisa pegada a su piel casi todos los dìas, extrañando algo de color que pudiera cambiarle la mirada sobre aquella rutina que debìa haber dejado hacia tiempo. Alejandra se estremecìa ante una apuesta a destiempo con la que parecìa nunca atreverse.
Se internaron en los valles, se besaron profundamente, y de nuevo aquel perfume que los unìa en cada encuentro, Alejandra no querìa morir pero morìa en cada uno.
Matias por lo pronto pensaba en los tiempos que se pierden y perdìa el tiempo todo el tiempo.
No habìan podido olfatear sus aromas…pero se hicieron una promesa, la promesa del ùltimo dìa, ninguno querìa tener la sensación de perdida, querìan atesorarla lo màs que pudieran… y asì en el dècimo dìa se encontraron tras la nube de humo de sus cigarrillos… y siempre aquel perfume. Un trébol, tal vez de tres o tal vez de cuatro hojas, no lo sabìan.
Se amaron en aquel lugar desconocido para ambos, Alejandra sintiò en el roce de su piel su piel misma y allì comenzò a llorar… èl no dejaba de acompañarla y tampoco lo hizo esa vez, Matias pese a su sorpresa tambien llorò. Algo de color habìa aparecido en aquel lugar oscuro.
Era el dècimo dìa, el dìa de la partida de Alejandra, no se recuerdan sus voces porque de hecho no estuvieron presentes, pero si sus ojos, los de ambos… y la sensación de cada uno por ser ùnica iba guardada, èl en el bolsillo de su pantalón y ella en la mochila medio revuelta por falta de tiempo.
Ninguno de los dos habìa perdido en aquel encuentro, ninguno de los dos debìa perder por aquel encuentro, los dos tenìan aquello que los unirìa a pesar de la distancia por mucho tiempo.
Se sucedieron algunos encuentros y ambos se adoraron muchas veces, habìan logrado perder, eso si, las amarras que los anudaban a las cotidianeidades...un 3 de antes y un 4 de despùes , de aquella habitaciòn 43.
Por suerte ninguno pago la cuenta.
martes, 9 de septiembre de 2008
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